viernes, 25 de enero de 2013

Capítulo 3: El asesinato

Dos sombras caminaban por el bosque, sin prisa. Una alta, grácil y corpulenta, se movía con soltura. La otra, algo más menuda y de espalda y hombros anchos, la seguía muy de cerca, jadeando y esforzándose por no quedarse atrás. Se detuvieron cuando llegaron a la orilla de una laguna pequeña pero de belleza salvaje. La primera sombra observó con sus ojos pardos el paisaje. No había nadie en los alrededores, reinaba un silencio absoluto que sólo se veía alterado, de vez en cuando, por el silbido del viento.
La segunda sombra pasaba el peso de un pie a otro, impaciente.
-Vendrá- dijo la primera.
-Pues claro que vendrá. Si no, enviaremos a los Perros tras ellos, y lo saben- respondió-. Pero odio tener que esperar. Odio que le hagan esperar.
-Lien sabe que si viene corre un grave peligro, no me extraña que nos haga esperar…
Desde la maleza, ocultos tras los árboles más próximos, Kenni y Jue intercambiaron una mirada interrogativa. Kenni tenía varias preguntas rodándole por la cabeza. ¿Quién era Lien? ¿Por qué corría peligro si venía? ¿Qué eran los Perros? Y aún había otra más, una a la que por culpa de los dos individuos no había podido responder: ¿por qué la había besado Jue?
Sin embargo, decidió dejar a un lado sus pensamientos  siguió observando a las dos sombras, pues la curiosidad la carcomía.
De pronto, el hombre esbelto alzó el rostro y arrugó la nariz, como si olfateara el aire. Sonrió.
-Ya viene hacia aquí. Deberíamos recibirle como se merece, ¿no crees, Mussam?
A continuación juntó las manos y Kenni sintió como si el aire se cargara de electricidad. La sombra llamaba a su chacra.
Se acuclilló y su cuerpo comenzó a convulsionarse de forma violenta al iniciar la transformación. Kenni había oído hablar, en la Escuela, de los Guardianes que tenían poder sobre su propio cuerpo y que podían transformarse en animales, objetos, en otras personas e, incluso, en seres inmateriales. Los llamaban metamorfos, y tenían un gran poder. Ella nunca había visto transformarse a ninguno hasta ahora, y Jue tampoco. En pocos segundos, el hombre había desaparecido y en su lugar había un enorme lobo gris de ojos rojos, que era casi tan alto como la sombra que se hacía llamar Mussam.
-Vamos a matar al jefe de los Vigilantes- dijo, y su frase acabó en un gruñido.

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